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22 jun 2010

En el cesto.


Por Alice Mono


Nos conocimos en la feria del verano. Ella iba acompañada, pero volteaba y me sonreía de tanto en tanto. Aprovechó la primera oportunidad para escabullirse de su ceñuda pareja y entablar conversación:

-Es mi hermano.

Le creí porque compartían la blanca piel salpicada de pecas y un gesto ligeramente melancólico, delatando a un ancestro común. Intercambiamos números y casi la invito a pasear por el lago cuando regresó su hermano, muy serio y con un par de manzanas caramelizadas. Se la llevó y yo me animé pensando que la feria duraba mucho y podríamos encontrarnos otro día.

Entonces él rodeó su cintura con el brazo, estrechándola contra sí; mientras ella, dócil, le daba un beso junto a las comisuras de los labios.

Extraje el perfumado papelito garabateado con su letra de colegiala, y lo deposité en el cesto de basura más cercano.

14 jun 2010

Retrato de familia.

Por Alice Mono


Hace calor aunque estamos a sólo veinticinco grados. Tengo hambre, estoy en bata y he de enfrentarme a la crueldad de una cama sin hacer y una maldita hoja en blanco.

Mis dedos danzan titubeantes sobre el teclado. Doy vueltas a la historia que deseo contar pero se niega a salir. Una introducción, una frase ingeniosa y directa para comenzar, sólo eso me falta, lo demás fluirá solo. Una introducción, una introducción, mi reino por una introducción.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Creo que el clima asfixia mi cerebro. Sí, sí, sí. Me bloquea. Ante esta situación sólo me queda tomar el remedio mágico: una ducha.

Me inclino gozosa bajo el fresco chorro. Cierro los ojos, me enjabono y enjuago, y así puesta empiezo a ordenar las ideas. La cortina de agua me recuerda a otra cama, la de mi mamá, cubierta con libros de pastas ajadas y fotografías. Casi todas ellas datan de los noventa e incluso antes, cuando todavía podíamos tocar nuestros recuerdos.

Veo la cara de mi madre, ya concentrada, ya brillante. Estoy aquí ayudándola a encontrar una foto familiar... mejor dicho, una donde ella salga con mi hermano y conmigo. Descubrimos a los pocos minutos que la mayor parte de los retratos la excluyen. Si alguien descifrase nuestra historia por medio de los álbumes, creería que mi padre nos crió.

Continuamos la búsqueda. Sonrío encantada con mis imágenes de bebé, mientras mamá aparta con un "¡puaj!", todas las de su boda. Rompe un par de un viaje a la playa con mi papá, y el gesto me parece liberador. Observo los álbumes más viejos: su fiesta de quince años, la boda, mi primer cumpleaños... En todas parece angustiada, triste y asustada, y sobre todo, muy joven. Tenía mi edad cuando se casó. No me imagino en su lugar. Más aún, se me antoja inaudito todo esto, un matrimonio rápido y ser madre a los dieciocho años.

Me cuenta lo terrible de esa época, el miedo en que vivía, el rencor que se la fue comiendo poco a poco. ¿Cómo alternar eso con la ternura en su cara al reírse de mis hábitos de bebé?

Me gustan mis fotos del kínder, pero no las de la primera comunión. Fui una niña alegre y soñadora: de los diez años a los quince me convertí en un ser torpe. Cuando iba en la primaria lo que más deseaba en el mundo era ser alta, porque mi papá despreciaba a los chaparros. Fue frustrante llegar a la pubertad y quedarme en 160 centímetros, pero lo superé derechito y rápido: dejó de importarme lo que mi padre decía. Me di cuenta de que si trataba de llegar al listón que él había puesto para mí, pasaría la vida decepcionándome y moriría amargada, sola y virgen. (Eso...)

De los años de secundaria no conservo nada. Ni siquiera las fotos de grupo: siempre encontraba la forma de escabullirme. Detestaba mi apariencia. Me odiaba. Fueron años tormentosos en los que salí del cascarón con muchos dolores. Sólo un par de cartas y una cicatriz apenas visible en el brazo quedan.

Mirándolo bien, creo que no florecí hasta que papá se fue de casa. La atmósfera que nos asfixiaba poco a poco se desvaneció, y a pesar de los problemas que han seguido, me siento más libre y más amada que antes. Pero... ¿qué habría pasado si mis padres siguieran juntos? ¿Sería yo una reprimida, o me habría escapado abruptamente, o sería mejor de lo que soy ahora?

El único que ha sufrido realmente es mi hermano. Y las tormentas en casa se desatan por causa suya.

Sólo quiero que esta etapa acabe, que todo se asiente... Que las cosas terminen, y terminen bien.

Salgo de mi aislamiento con la voz de mamá. La búsqueda de una foto de los tres ha resultado estéril. Lo sabía: tendremos que tomarnos una nueva. Lo acepto con naturalidad, contenta: que éste sea el brindis por la emancipación.

2 jun 2010

Dany.

Por AJ


Seamos realistas, pidamos lo imposible.
Consigna estudiantil, mayo francés del 68.

Montauban, 1944.
Mi madre consulta a una vidente. Yo no lo sé, porque aún no he nacido. La vidente predice que mamá tendrá dos hijos: uno muy inteligente, el otro genial.

París, 1967.
Marzo
Pésimos tiempos para ser joven. Con la guerra fría congelando el planeta y Vietnam asomándose por el callejón, hasta respirar parece peligroso. El mundo está cambiando demasiado rápido, ¿somos nosotros los únicos que lo comprenden?
Todo está dividido en dos bandos: izquierda contra derecha, los mayores contra nosotros: ciegos aferrándose al pasado, pisándonos la cara con sus botas para acallarnos. Pero explotaremos, ya verán…
-Yo voy a explotar si no veo a mi chica pronto -oigo decir a un compañero.
Rompemos a reír, pero en el fondo entendemos: la separación de sexos en la universidad ha distanciado a muchas parejas.
Comenzamos el ciclo escolar de este año con una noticia repugnante, además: nuestro querido ministro de educación quiere cambiar el plan de estudios y hacer un sistema de selección para las carreras.
21 de marzo
Todos al edificio de las mujeres.
Unos cuantos tienen miedo, la mayoría están eufóricos y ansiosos, otros pocos no saben lo que hacen.
Simplemente irrumpimos, vamos por todo.
-¡LIBERTAD DE CIRCULACIÓN!
Insistimos de tal forma que los muy cobardes llaman a la policía para que se haga cargo de nosotros.
Semanas posteriores
Ha circulado una lista negra con los nombres de 29 estudiantes por toda la universidad. ¿Hace falta decir que yo la encabezo?
En el otoño, varias fechorías después
Quieren expulsarme, no sólo de la escuela sino del país. Sólo me salvan las protestas de mis condiscípulos.

1968.
22 de marzo.
Luego de la manifestación en la sede de American Express, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados. Esta noche ocuparemos los edificios administrativos en apoyo a los estudiantes detenidos.
Sí, de nuevo al ruedo…
Abril
Convoco a una serie de mítines. Hemos formado una estructura de debate, ya estuvimos bastante en silencio.
Casi no hay clases.

Mayo
2
Las aulas de Nanterre, ocupadas.
3
¡A la Sorbona! ¿En verdad creen que pueden cerrarnos así como así? Ya puedo jugármelo todo: quieren correrme otra vez.
Jamás imaginamos que la respuesta vendría no de las autoridades, sino de la facultad de derecho, que avanzan hacia nosotros. No nos moveremos de aquí.
El rector de La Sorbona llama a “las fuerzas del orden”, ante nuestra negativa. Los de derecho retroceden, nosotros permanecemos. A pesar de la policía.
Los muy cerdos deben sentirse como niños en una dulcería, hay arrestos a montones. Pero entre más arrestan más aparecen: tenemos que apoyarnos.
Que repartan sus golpes, nos quedaremos.
13
¡La imaginación al poder!
17
La huelga se ha extendido por toda Francia.
Soy el más odiado, el malvado judío, extranjero y anarquista, que trama un plan secreto para dominar el mundo.
22
Ahora es definitivo, hay una orden para que yo salga del país inmediatamente.
Por el Barrio Latino, todos son judíos alemanes.
25
Perdimos el apoyo de los obreros. La culpa es de unos aumentos de sueldo que nosotros no pudimos ofrecer.
30
De Gaulle volvió, para disolver la Asamblea Francesa. Todo ha terminado…

19 may 2010

Rouge

Por AJ

Ya está bien entrada la noche, y tú que no llegas. Doy un sorbo a mi vaso, reinicio la música y me siento un instante a esperarte. Miro con ansiedad la ventana: ¿dónde estás? Has dicho que vendrías, que las mariposas no rentan sus colores para ser hermosas. Yo tengo este color como excusa para estrujar mi cerebro por enésima vez, y pienso. Pienso pensando en todos los futuros que pensamos juntos. Uso como excusa repeticiones sin sentido y un título bastante snob (usar el francés ya pasó de moda), y repaso todas las ocasiones rojas que han pasado por mi vida.
Una voz suave y nostálgica me lleva a la frontera del sentimentalismo, ¿cuánto más podré aguantar sin ti? El horno me provoca con perfumes de canela. Nada ahí es rojo, ni siquiera el fuego, de tan caliente que es. Estoy sentada en el sillón que comenzó todo. Un sillón color cereza, por cierto. Me pregunto por qué colorado y rojo son sinónimos. ¿Será que es el único que se considera un color de verdad? Un color que se atreve a serlo, que no teme llamar la atención, que se arroja al fuego con ganas, que es el mismo fuego. El color del diablo, el de las hormigas que pican. Jamás inocuo.

Pues así acabarán mis ojos si continúo escribiendo frente a esta pantalla. No hay más luz. Quizá debiera encender una lámpara y ponerla en un lugar visible desde fuera, para que sepas que estoy aquí. Aguardo como una doncella medieval, casi tiendo mi trenza para que puedas escalar. ¿Le habrá dolido a Rapunzel cuando el príncipe se ayudó de su larga cabellera? Eso qué importa. Rapunzel era rubia. Un tipo común. ¿Hay alguna princesa de cuentos que tenga la melena como zanahoria?

Estoy segura de que cuando llegues contestarás a todas estas preguntas, pero mientras tanto, necesito responderme sola. Inventar mis propias historias, sobre princesas pelirrojas y pecosas, que provocaban pellizcos a su paso. ¿Por qué a las rubias se les llama rubias, si los rubíes no son güeros?

Preguntas otra vez. No tengo remedio.

Leeré algo. No significa gran diferencia con respecto a lo que estaba haciendo, pero espero que un tema tan árido como la guerra me distraiga de mis angustias. Oh, soluciones trilladas… He aquí que cuando te empeñas en buscar coincidencias, las encuentras fácilmente: “Hitler convenció a los países europeos de brindarle su apoyo, basándose en el miedo que éstos tenían al avance del Ejército Rojo”. El peligro del bolchevismo encendido. Señales de tráfico. Sangre. ¡Alto! Escucho ruidos por la ventana. ¿Ladrones? Ah caray, las alarmas suelen ser rojas… De tanto repetir la palabra me estoy mareando. Ahora lo veo en todas partes. Una vez escuché que cuando una mujer está esperando un hijo, se topa con embarazadas a cada rato. Creo que me está sucediendo lo mismo. Incluso recuerdo… tu naricita cuando te resfrías.

Y siguen haciendo ruido allá afuera. Quizá sean unos borrachos. Me asomaré: voy a callarlos de una vez por todas.

-¡SHHH! ¡Párenle ya o llamo a la…!

-Hola, guapa. -Como siempre, sabes muy bien desarmar a una chica enojada y transformar la rabia de sus mejillas en rubor chiveado…

4 may 2010

Sin aliento.

Por AJ

“La asfixiofilia es una conducta que consiste en la autoestrangulación gradual y controlada para incrementar la excitación y el orgasmo.

Lo peligroso es que al apretar el lazo, la media, el cordón, o la soga, en el momento del orgasmo la persona asfixiofílica puede perder la vida si por fracciones de segundos el oxígeno no llega a su cerebro., si pierde la conciencia y con ella el cuidado de su vida. En verdad, su vida pende de un hilo, una soga, una media de nylon, un pulóver.

Muchos aparentes suicidios develaron ser muertes autoeróticas por asfixiofilia como se revela cuando estudiamos la escenografía en que se desarrolló la escena sexual.”

La música fue lo primero en llamarnos la atención. Siempre pasábamos por ahí camino a la escuela. Aquel hombre solitario tenía un excelente gusto, era culto e inteligente, según habíamos oído decir. Era un profesor o abogado venido a menos por las circunstancias de la vida. La muerte de su esposa le hizo descuidarse y alcoholizarse, y ya sólo le quedaba la casa con unos pocos muebles. Nadie lo visitaba. Para los chicos siempre había sido un misterio, pero de ésos intocables. Mi hermano y yo disfrutábamos inmensamente caminar por esa calle. En ocasiones nos deteníamos hasta que terminaban aquellas larguísimas piezas de jazz que el loco ponía con su antiguo tocadiscos. Nos parecía mágico.

Una tarde creímos que nuestros oídos habían fallado. Avanzamos en dirección a casa y lo único que se escuchaba eran los coches yendo aprisa. Me intrigué, ¿se habría mudado el hombre? Julián y yo pegamos la cara a la ventana. Había luces encendidas.

-Le hicieron algo.

-¿Quieres ver?

-¿Quieres que veamos?

-La puerta está cerrada…

Por toda respuesta me quitó un pasador del cabello y comenzó a maniobrar, con una astucia impropia de sus trece años. Ingresamos. Era un lugar realmente lúgubre. Sin sillones, ni televisión a la entrada. Sólo cientos de revistas y libros regados por el suelo. La cocina era igual. Una hornilla mugrienta sustituía a la estufa. Pero del vecino, nada. Luego nos dimos cuenta de que la luz provenía de la recámara. En efecto, ahí estaba… Colgaba del tubo de su improvisado clóset, sin ofrecer señales de vida. Era un hombre realmente menudo. El espectáculo habría sido menos aterrador, de no ser porque traía la bragueta abierta y el pene de fuera.

Si no era un suicidio, ¿qué rayos era?

Una silla caída languidecía bajo sus pies. El tocadiscos mudo nos esperaba. Leímos la carátula del disco: era John Coltrane. Frente a él, Sandra Bullock sonreía desde un póster, como si deseara la lata de Coca –Cola con limón de la mesita de noche.

Corrí espantada de ahí y llamé a mi tío Federico, el único que podía saber de qué trataba todo esto. Mi hermano me siguió a regañadientes. Mi tío, al llegar, nos miró con lástima y nos dijo que fuéramos a casa.

Lo que siguió después no lo supimos. Quedamos castigados durante un mes por meternos en casas ajenas. Mamá dijo que teníamos suerte de que no nos llevase la patrulla. Ella nos llevó y nos recogió de la escuela hasta el último día de clases. Dimos el asunto por terminado, hasta que, a mediados del verano, el tío Fede volvió a visitarnos.

Era el decimocuarto cumpleaños de Julián. Estábamos atareados con el pastel, la comida y demás detalles, cuando escuchamos su voz.

-Claudia, ¿dónde está el Juliancito? Le traigo su regalo.

Julián corrió presto a recibir a mi tío. Portaba un gran cuadrado, forrado con papel de seda azul oscuro. Rasgó la envoltura, emocionado: los regalos de Federico eran siempre geniales. La sorpresa invadió su rostro al ver la carátula del viejo acetato: “A Love Supreme”, por John Coltrane. ¡Era el mismo que encontramos en la casa del vecino loco!

Mi tío fue el primero en llegar y el último en irse. Cuando estaba por despedirse, lo atajé y en voz baja dije:

-Yo también quiero un regalo.

-Lo que quieras, chiquilla, lo que quieras.

-¿Seguro?

-Pídelo y vemos.

Entonces sonreí maliciosamente.

-Dime qué le pasó al ahorcado.

Él empalideció.

-Mira, Claudia… aún eres chica para entenderlo…

-Prometiste que lo que yo quisiera –me crucé de brazos.

-Te diré… Algunas personas buscan tanto el placer, que se mueren en el intento. Ya te enterarás, niña.

Me guiñó el ojo y se alejó. Olvidé el asunto durante seis años más. Cuando cumplí los dieciocho, un paquete dirigido a mí cayó en casa.

Era un libro sobre parafilias. Me sentí asqueada hasta leer la dedicatoria.

Prometí contarte lo del ahorcado, pero este libro explica mejor. Busca en la página 169.

Tu tío Fede.

22 abr 2010

Límites Indeterminados.

Por AJ


Cuidado con lo que deseas, porque se puede hacer realidad.

Por suerte, aquel semestre asignaron mi grupo a la profesora Vallejo. Una suerte relativa, cuando descubrí que le apodaban "Piedra", y prácticamente nula según mi hermana, que había sido su alumna:

-Es una hija de la chingada, no sabes lo que te espera...

Liliana Vallejo tenía una merecida fama de inconmovible y estricta. Era común ver estudiantes de cuadro de honor llorando al final del semestre por un 6. Pero, si ignoraba los exámenes sorpresa, el rígido peinado y la actitud glacial, me encontraba con alguien muy atractivo. Yo era pésimo en matemáticas, y pasar sus clases adivinando la talla de sostén de la maestra en vez de poner atención fue la receta perfecta para el desastre. A finales del primer periodo pasé a formar parte de la mitad reprobada. No me sorprendí de ser el único que se presentó a la asesoría ofrecida en el receso.

Me preguntó amablemente con cuál tema tenía más dificultades.

-Límites indeterminados -contesté de inmediato.

Escribió un ejercicio en el pizarrón y me hizo resolverlo. Corrigió mis errores y me explicó con una paciencia que jamás habría imaginado en ella. Estaba muy cerca de mí, me turbaba su cálido aliento, pero ni siquiera eso pudo empañar la claridad de sus palabras.

Bastaron un par de recesos más para que yo me sintiera seguro, cosa que se reflejó en mi calificación de los siguientes exámenes.Siempre estuvimos solos: eso dio pie a que conversáramos sobre nosotros, y supe que ella acababa de romper un compromiso matrimonial, y que era muy solitaria. Comenzamos a llevarnos bien, de modo que, aunque yo no tuve más problemas en su materia, seguí frecuentándola. Me sentía muy chingón, entregando mi descanso a cambio de aquella mujer inaccesible y hermosa que me apreciaba.

No estaba enamorado. No me interesaba su vida, charlaba con ella porque ansiaba verla, relajada y con el pelo suelto, la blusa un poco abierta, sus carnosos y rojos labios ondulándose mientras me contaba cosas.

Entonces ocurrió. No sé muy bien cómo, sólo recuerdo vagos fragmentos: hablábamos de sucesos tristes, de lo que odiábamos en la vida. Ella mencionó la relación que había terminado recientemente, y la voz se le quebró. Mi parte decente me exigía que la apoyara, pero contemplarla rendida y vulnerable me estaba volviendo loco, ésa no era la maestra que yo conocía. Tomé su mano entre las mías y la miré de frente, hasta que ella levantó los ojos; cuando lo hizo, yo incliné la cabeza y nuestros labios se rozaron. Sólo pensaba en su aroma, en lo suave que era su boca, en cómo anhelaba que pasara eso. Cerré los ojos. No soportaba la tensión con que el deseo me estaba estrujando. Dejé que ella tomara las riendas y así lo hizo. Me besó con ansiedad, como un cachorro hambriento y temeroso, aferrándose desesperadamente. Y tan brutal como el inicio fue el fin.

-Vete, por favor. No debemos hacer esto -cortó en seco.

Está de más decir que los últimos días del ciclo escolar transcurrieron incómodos y que la señorita Vallejo solicitó una transferencia. Seguro que ella me olvidó: yo, en cambio, estuve hundido durante un par de meses. Luego conocí a una chica que, aunque no me gustaba mucho, era simpática. Anduvimos, hasta que le tomé cariño y ella me dejó por otro. Con eso aprendí que un clavo saca a otro, sí, pero el proceso de extracción es muy doloroso.

15 abr 2010

Despojos.

Por AJ

El portazo anunció su llegada.

Tras ocho años de amistad, Rodolfo conocía bien el sonido que producía Tania al azotar las puertas. Dejó sus ecuaciones a un lado para saludar a la visitante, después de tres días sin saber de ella.

-¿Qué pasó? –inquirió ante las ojeras y el aire melancólico de la chica.

-Lo mismo de siempre. Mañana voy por mi ropa a su casa.

Tania suspiró y se tendió en el sillón de cuero ajado. Era un hábito terriblemente querido para ella; tenderse en el sillón era entregarle el alma a su mejor amigo. Prendió un cigarro mientras Rodolfo iba a la cocina. Cuando éste volvió, el cuarto apestaba a desencanto.

-¿Qué pasa conmigo, Rodo? ¿Qué hice mal? Ni siquiera dio explicaciones, sólo me echó.

Sabía que las palabras no la sanarían. Le ofreció un vaso de whisky y un abrazo.

Luego, en la penumbra:

-Parece como si forzara a los hombres a quererme. Y ellos luchan por apartarse de mí. No entiendo, él me buscó esta vez, creí que sería perfecto…

-¿Quieres llorar?

-No, tanto así no. La herida es tan profunda como el hombre; llorar no sirve de nada.

Ella tenía razón. No había que llorar, había que solucionarlo.

Gabriel disfrutó de un sueño excepcionalmente bueno esa mañana. Por primera vez en mucho tiempo, se levantó sin ayuda de la alarma. Se desperezó lentamente y sufrió un sobresalto al mirar por la ventana: el sol brillaba con toda intensidad. ¿Por qué no había escuchado el despertador? ¿Qué hora era?

Buscó frenéticamente su reloj de pulsera y su celular. Habían desaparecido del buró. “Quizá los dejé en la maleta”. Pero la maleta no estaba en su recámara. Corrió a la sala. La encontró sobre un sillón, pero sólo contenía cuadernos y carpetas. Revolvió los cajones del escritorio, los estantes, incluso las alacenas.

Nada. Entonces recordó el gran reloj de pared de la sala de estar. Un gran círculo de polvo ocupaba su lugar.

La sangre se helaba en su cuerpo. Como menos se ganaría una reprimenda de su jefe por faltar a la importantísima reunión de las ocho. Y bueno, los relojes no importaban tanto, pero… el celular. Toda su vida atrapada en aquel diminuto rectángulo de plástico. Su carísimo celular. ¡Estaba completamente seguro de haberlo dejado en su habitación al regresar del trabajo!

Salió a examinar su auto, sin resultados. Odió al perpetrador de aquel hurto, a la vez que se sintió intrigado. ¿Por qué solamente los relojes? ¿Qué estaba tratando de decirle?

Volvió a la casa, derrotado. Un momento difuso se coló en su memoria al tiempo que desayunaba.

El tiempo es oro.

-Cada minuto que paso esperándote, es vida que me robas. ¿Entiendes?

Estaba regañando a su ex novia por la enésima vez que llegaba tarde a una cita.

-Huy, pues si el tiempo que he perdido con hombres es vida robada, yo ya sería alimento de gusanos –se burló la muchacha.

Apenas recordaba de ella algo más que sus ocurrencias, su impuntualidad y su cáustico sentido del humor. Apenas más que aquellas divagaciones sobre el tiempo. La había llamado para que recogiera sus cosas el día anterior, pero no la vio. Había olvidado su cara.

Un chispazo de tensa emoción aguijoneó su estómago. Aún en pijama, acudió de nuevo al exterior de la casa.

No buscaste en la basura. Haces mal, podrías sorprenderte.

Quitó la tapa con delicadeza. Vacío, excepto por una nota:

Eso te pasa por robarte mi tiempo. Gracias de todas formas. Tania.

8 abr 2010

Exámen Parcial.

Por AJ

Jueves.

Mi maestra de español está loca. Dijo que nos haría el examen parcial y, en vez de eso, nos dejó una estúpida redacción de una cuartilla sobre la primera palabra que se encontró en el diccionario. El problema es que cayó en la D. D de “devoción”. Tenemos hasta el siguiente jueves para entregarlo. Espero que con ese tiempo me alcance para pensar en algo.

Viernes.

-Piensen muy bien qué van a escribir en su trabajo sobre la devoción, porque califico originalidad –Maldita vieja. ¿Cómo se puede ser original con un tema así?

Cuando pienso en devoción, se me sale el chamuco.

Sábado.

Hoy no haré ni madres. Voy al cine con mis amigos. Ya desperdicié suficiente tiempo ayer tratando de escribir sobre algo tan árido.

Al menos ya tengo el principio. Dice: “Cuando pienso en devoción…”

Domingo.

Sólo puedo pensar en la virgen de Guadalupe. ¿Será esto un complot para obligarnos a ir a la iglesia?

Lunes.

El cuaderno de español se queda en blanco. 2x + 7y es mucho más importante.

Martes.

Hoy vi a Julieta en el camión; hacía mucho que no hablábamos. Lo raro es que no hay novedades en su vida. Yo cambié muchísimo en un par de meses, ella está en las mismas: mismo novio, misma rutina, mismos gestos. Sólo está más amargada. No puedo creer que siga con Tomás después de lo que le hizo. Querido y estúpido diario (por claridad, debo suponer que mi diario es estúpido), hace un año no te escribía, así que te contaré la historia.

Julieta y yo fuimos las mejores amigas del mundo hasta que apareció el cabrón de su novio. Él es un presumido, capaz de echársele encima a una escoba con falda. Y como las demás, caí. El tipo y yo casi tenemos algo. Me arrepentí a tiempo y le conté todo a Julieta, tontamente creyendo que ella se pondría de mi parte. Porque tenía evidencias de que él me buscó, y no era la única a la que se insinuaba, joder.

No es difícil adivinar a quién prefirió ella. Desde entonces fue en picada. Faltaba a clases para verlo, se gastaba todo en comprarle regalos, se aisló de todos y así llegó al punto en que la encontré ahora. Me ha confesado que prefiere cerrar los ojos a todo lo que sabe que está mal en Tomás.

-A mí no me ofende, pero no me gusta pensar en eso –dijo en el camión.

¡Rayos! ¿Qué es el tipo? ¿Su Dios?

Me ha distraído tanto que no tengo ideas para la tarea del jueves.

Miércoles.

Mi cuaderno de español exhibe lindas espirales y muñecos de palitos. Y la fecha de mañana.

Odio a la maestra, espero le dé sífilis y muera lentamente.

Mismo miércoles, 10:17 p.m.

No puedo dejar de pensar en Julieta. Aunque me revuelva el estómago, recuerdo una y otra vez el cuento con su novio. Y me siento peor porque yo merecía arruinarme y la jodida es ella. Aún así lo adora. Con todo esto de la devoción, me la estoy imaginando de rodillas frente a un altar de Tomás. Sólo eso le falta.

La hoja sigue vacía.

10:42, en la cocina.

Me pregunto si se valdrá. Es una idea interesante. Ella pide originalidad, originalidad le damos.

Borrador casi-casi definitivo, 12:39 del jueves:

“Cuando pienso en devoción, pienso en alguien que fue mi amiga. Pienso en lo linda que era, en lo inteligente que parecía y en cómo a todos les caía bien. La creí perfecta mucho tiempo y todo lo que ella decía me parecía sumamente acertado. Pero sí tenía defectos. Uno muy grande: su novio.

El diccionario dice que “devoción” viene de una palabra en latín que significa consagrarse a algo, hacer un sacrificio. Pues esta chica sacrificó sus amistades, su dinero y sus calificaciones, para poder hacer feliz a ese infeliz que anda con ella. Eso es lo que yo llamo desvestir a un santo para vestir a otro. Y no necesito catedrales para demostrarlo.”

Más o menos así quedará. Me da flojera copiar el resto.

Jueves, al mediodía.

Sólo paso las palabras de la maestra:

-Muchachos, espero que le hayan echado ganas a su tarea de hoy. Es el examen parcial y cuenta 40 puntos: mañana a primera hora dejo pegada la lista con las calificaciones.

2 abr 2010

Meatpacking District


Por AJ

Tú y yo ya nos habíamos encontrado una vez, ¿recuerdas? Nos reunieron el azar, la desesperación, y todas esas circunstancias que ahuyentan a la buena fortuna. Qué simpáticas aventuras corrimos en ese entonces. Como versiones inofensivas de Thelma y Louise. Siempre me pareció muy romántico andar de carretera en carretera con una amiga que fuera cómplice y comprensiva. Esa vez, fuiste tú.
El intento pasado fue breve y fallido, pero duró lo bastante como para que intercambiásemos números de teléfono. Ha pasado poco más de una década desde entonces. Te olvidé, te dejé arrumbada. No sé cómo diste tú conmigo. Sé que cuando me llamaste, acudí. Heme aquí, parada entre el lujo de tu sala de estar, dudando de que tu emergencia sea tal, contemplando tus muebles caros y tu tapiz costoso y tu alfombra persa, y los vidrios rotos sobre ella; la copa de frío vino aguardándote y tú acostada en el diván, con tu pose de enferma. Te quejas de tu asma, me cuentas de tus hijos, de tu marido. No puedo relacionar esa vida despreciable y monótona de tus relatos con las fotos de la pared, pero eres mi amiga… Apenas te reconozco y ya estoy contándote mis penas yo también… al calor del vino, claro. Yo no tengo hijos. Estoy satisfecha por eso, así la única que sufre soy yo. Vivo en un sótano estrecho y a la sombra de una relación muerta hace varios años. Y yo me moría de tedio hasta que llamaste tú.
El primer atisbo de ti surge cuando te enderezas en el sillón y te recoges el flequillo. Sonríes traviesamente mientras me invitas más vino, y hablas de los últimos años. Te casaste por un error, hiciste el esfuerzo de sentirte enamorada y al principio funcionó. Cuando eras joven y había mucho por lo que luchar. No te importó mudarte de un departamento incómodo a otro, no te importaron las carencias: existía la promesa de que en algún momento, en un futuro no demasiado lejano, tu esposo ascendería y entonces podrías dormir tranquila. Los ascensos soñados llegaron, entonces decidiste tener otro bebé. Pero conforme aumentaba el dinero, disminuía la calma en casa. Ahora los niños han crecido, salen todo el día y tú debes inventarte alguna ocupación que no moleste a nadie. No recuerdas la última vez que tuviste una conversación con él que no fuera de dinero. Las noches son un infierno de cocción lenta: el Valium sólo funciona con uno de los ocupantes de tu cama.
No puedes quedarte así. Siempre fuiste una mujer que solucionaba las cosas, y si no podías solucionar algo te frustrabas. Ahora no hay solución, sólo escapes. Dices que al principio sólo te salías de la cama, bajabas a tomar agua y te acurrucabas en el sillón, precisamente ése donde estás ahora, silenciosa en medio de la penumbra, escuchando a tu corazón, sintiéndolo como un tren a punto de descarrilarse, dolorosamente consciente de ser tú. El agua o el vino bastaban las primeras noches. Luego tu cuerpo pidió más, y fue cuando empezaron las salidas nocturnas. No buscas a nadie, simplemente sales, a veces en pijama, conduces hasta los barrios más jodidos y te detienes junto a lotes baldíos, junto a fábricas abandonadas. Sueñas despierta, para ti no es problema mantenerte así. Tu insomnio y tú ya son fieles compañeros desde hace tiempo. Y no piensan separarse. Has visto peleas callejeras, parejas tirando, parejas peleando, grupos de parranderos moviéndose de un antro a otro. ¿Qué es lo que quieres? ¿Extrañas una vida emocionante?
¿Yo? Mi vida cabe en tres líneas, no necesitas más. Tengo un trabajo que siempre promete ser mejor, pero la realidad pocas veces hace justicia a las promesas. Llego agotada a mi casa, siempre por la madrugada. Duermo hasta el mediodía, me como unas galletas y al trabajo otra vez. Pilas y pilas de documentos por corregir. Podría hacer menos, supongo. ¿Para qué? No tengo vida personal, desde que terminé con P. soy adicta al trabajo. El trabajo me hace bien, me desconecta, me distrae. Lloro los domingos, cuando no hay nada que hacer. Lloro bajo la ducha, sintiéndome pequeña. Así que, puede que gane bastante dinero como para vivir bien. Pero no tengo forma de disfrutarlo.
¿Una margarita? ¿Cosmopolitan? Qué rico, hace tanto que no saboreaba un buen trago “de chicas”. Se respira complicidad, saben a salidas de mujeres, esas en las que van todas en grupo a divertirse por ahí, animarse y decirse: no necesitas un tipo en tu vida, al diablo, juega con todos y con todo. Sí, sí quiero uno.
¿Qué dices? Te fuiste a la cocina y no escuché nada. Ah, sí… deberíamos irnos de vacaciones alguna vez. Un crucero no estaría mal. Podríamos conocer gente nueva. Pero detesto el calor, los climas cálidos me dan alergia. Bien, ahora crees que a tu marido no le importará. Ni cuenta se va a dar. Y, ¿segura que no le importa que saques la mitad del dinero de su cuenta de banco? No lo sé… Por una parte tienes razón. Si vamos a hacer algo, hagámoslo con huevos. Desaparezcamos por ahí, cierto. Me gustaría la India. No, muy trillado. ¿Israel? ¿No te daría miedo? ¿Y si morimos en un fuego cruzado? ¿En un autobús con un terrorista suicida? No puedo creerlo, ahora yo soy la miedosa. Simplemente tomemos una mochila con un montón de ropa hecha bolas, nuestras carteras y el carro y vayámonos por ahí. Ahora mismo. ¿Ahora mismo? ¡Sí! ¡La gente normal hace cosas ahora mismo todo el tiempo!Oh, no. No pienses ahora. Que él se quiebre la cabeza con los niños. Tú desentiéndete. No volverás. No volveremos. ¿Tu inhalador de asma? Oh, rayos. Yo no he pagado mis impuestos, y si nos vamos ahora…