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6 sept 2010

La poetiza


Por Fernando Azul

De tus ojos, lluvia ácida / x=y

Flores diáfanas y acerrín.

En mi cabeza llora tu existencia

y en tu paleta, colores sin oxígeno.

Psicótico cianótico / dolor óptico

Desvelo maternal y una uña al revés.

Acaríciame.

3 ago 2010

Uncle Black



Por Fernando Azul

Ente de oscuridad / ausencia carcomida
revela los secretos del universo / abre mi tercer ojo

OM MANI PADME HUM

Sedúceme con el vino / el demonio líquido
Muerte somos / Muerte y Cosmos

OM MANI PADME HUM

La joya del Loto reside dentro de tu cuerpo lodoso, nebuloso, fabuloso;
el tío oso que siempre llegaba de visita a las 3 de la mañana y,
aún en pijama, nos llevaba a dar un paseo bajo la lluvia

OM MANI PADME HUM

Con una mano viste mi cuerpo de niña / pura esencia
Con la otra abriste mis chakras / mi energía fundamental

OM MANI PADME HUM

absórbeme la existencia / abre puertas caóticas
arráncame el vestido / cubre mi cuerpo con plantas y hierbas

OM MANI PADME HUM

tus nubes negras no anteceden la lluvia, si no un Sol que, como hoyo negro
amenaza con devorarnos a todos, creyentes o escépticos.
El espacio se mueve despacio, y un Dios reacio de sus mandamientos
se arrastra por el costado de la caja musical que lo mantiene despierto.

OM MANI PADME HUM

(Pintura: Uncle Black de Mark Ryden)

21 jul 2010

DEBAJO DEL TEMPANO


Por Fernando Azul

Todo me daba vueltas. Yo ya no tenía ojos. De mis zapatos crecían unas ramas extrañas que ya no eran mis pies, mucho menos mis piernas. El cielo era una eterna subida en espiral que terminaba en un maldito laberinto. Sin duda éste era un negro día. Nubes redondas, rosadas, quemando mis cuencas vacías. Humo por todos lados. Y saliendo de cada una de las bocas que adornaban el suelo, unos extraños cantos; "Orador del desierto, sin manos ni pies lograrás encontrar el camino que lleva a Arcanta". Sin duda el cántico aquel era atractivo, pero no me importaba llegar a ninguna tierra prometida. Desearía estar cayendo, y no enterrado en este desierto semilíquido. Un árbol descalzo me proporcionaba una sombra blanca. Aquel era mi refugio. "Este es el día, el día en que nacerán los líquidos deseos" repetía una y otra vez para conservar la calma; aquel era el mantra que me llevaría a mi eterno satori. A lo lejos, veía cómo Josef nadaba en sus sillones colgantes, y lo envidiaba. Incluso llegué a odiarlo por un momento. El verlo ahí, feliz entre flores y aves, compartiendo sus frutos con los Adanes y las Evas que él mismo creó a partir de su rodilla derecha; el verlo a través de sus mil espejos hacía que me doliera la cabeza. De repente, una manada de Campamochas llegaron devorando el mundo entero. Yo me mantuve oculto. Funcionó. Cuando levanté la cabeza, ahora el mundo era un mundo estéril y seco. Ya no habían flores ni aves ni frutas. Mi refugio ahora era un cielo monocromático. En lugar de sol, un gran ojo observaba con recelo a las pocas criaturas que quedábamos de pie. Josef se había ido, pero dejó a un Adán y a dos Evas para que lo cuidaran. En el suelo ya no habían bocas, ni cantos. Sólo quedaron los restos de una pureza mucho más profunda. Me quedé sin manos ni pies. "El drama humano" me dije, y me tumbé bocabajo. Entonces supe que había llegado. Por fin estaba en Arcanta. Se abrió una puerta sobre mí y sólo escuche un baile silencioso.

7 jul 2010

Juanito, mi vecino.

Por Fernando Azul

Yo tengo un vecino
que vive con amargura,
y es que el pobre chico
está hecho de basura.

Su cabeza es una col
que tiene mucho tiempo bajo el sol,
y unos tomates como ojos
que desde hace mucho no son rojos.

Sus manos son las cucharas
que hace mucho tiró mi abuelita,
y sus piernas son tan raras
como los cayos de la tía rita.

Pero lo más extraño del chamaco
es que su cuerpo sea un gran saco
lleno de viejas chucherías
e inimaginables porquerías.

22 jun 2010

A Quetzalli.


Por Fernando Azul


Y como el sonido
de las rocas,
nuestras manos.

14 jun 2010

Un patito en el desierto.

Por Fernando Azul


Mi mente como patito de hule abandonado en un desierto artificial. Los ojos eran como caramelo rancio. Ya no aguantaba. Me tumbé. Me derretí como nieve. Las hormigas rojas me llevaron hasta su colonia. La reina me dió la máxima pena. Y era su palabra contra la mía (y cabe destacar que mi palabra estaba pegajosa y sucia). Ya no podía hacer nada. Los hormigos oficiales me llevaron a una pequña celda. Me senté a un lado de un mosquito que ya no tenia alas. "¿Por qué te agarraron?" me preguntó. "Por amarillo" le dije. Se alejó de mí. Por lo menos ya no tenía calor.

Pasó no sé cuánto tiempo y llegaron los mismos hormigos oficiales para llevarme a enfrentar mi cruel y triste castigo. Me arrastraron por angostos pasillos. De repente caía una que otra piedra en mis ojos. Al ver mis lágrimas las demás hormigas lanzaban burlas y risas. Finalmente llegamos a la salida de su colonia. Ahí afuera había un pajaro ENORME. Era el pájaro más grande y salvaje que hubiera visto en toda mi corta vida. No sabía que me iba a pasar. ¿Acaso me harían luchar contra él? Tal vez sólo sería su pequeña merienda... si tenía suerte.

Al parecer el pajarote aquel estaba más nervioso que yo, porque, a juzgar por las caras de las hormigas que lo controlaban (o hacían más bien un pobre intento) algo no andaba bien con el ave. Y tenía razón. Las enclenques hormigas no pudieron contener los fréneticos aleteos. El pájaro se liberó de sus ataduras y víctimas del revuelo que causó, las pobres hormigas salieron volando por todos lados, como basuritas. Era mi oportunidad de intentar escapar. Corrí lo más rápido que pude. Corrí y corrí y corrí y corrí un poco más hasta que me tropeze. Al caer, golpeé mi cabeza con una piedra.

Cuando abrí los ojos, mi cámara y mi patito de hule seguían en mi mochila, pero mi pajarito verde de origami se había ido
.

2 jun 2010

Amor amarilllo.


Por Fernando Azul


30 de Marzo

Me corté la oreja. No sé por qué. Estaba todo muy tranquilo, conversaba en la mesa con Paul. Comíamos un poco de pan, bebiamos un poco de vino. Pudimos comprar el pan y el vino gracias al dinero que mandó mi hermano en su última carta, y también con el dinero que se ganó Paul al vender uno de sus cuadros. Bueno, estábamos discutiendo sobre la obra más reciente de Henri, cuando, de repente, todo comenzó a dar vueltas; la cara de mi amigo se tornó pura carne, el pan era como una masa amorfa que sólo estaba ahí, yaciente, inerte, y el vino, sangre coagulada. Tomé el cuchillo, y como si mi oreja fuera el pan que antes comía, la corté de un sólo tajo. Cayó al suelo con un ruido sordo y algo húmedo. De repente todo se tornó amarillo. Mi cara y mis manos manchadas de pintura amarilla. Las paredes amarillas. Incluso Gauguin se veía algo amarillo. Dí un sorbo al líquido espeso que quedaba en mi vaso, y me asomé por la ventana. Esa noche habían muchas estrellas. Y brillaban, brillaban como nunca. Me detuve a mirarlas un momento. Poco a poco fueron perdiendo el brillo, y cuando se les escurrió todo el color, salí de la casa y caminé por el campo. Nunca voy al campo sin mi escopeta. Súbitamente todo comenzó a dar vueltas nuevamente; mis ojos me dolían. Me dolía todo el cuerpo. Pero era mayor el dolor de mi espíritu. Y ahí lo vi, el enemigo, el mal, la enfermedad crónica estaba dentro de mí. Me di un disparo. Sólo así podía detener la fiebre. Estuve tirado en el campo por tres días, viendo a las estrellas ir y venir, oyendo a los pájaros, sintiendo cómo el cáncer que la sociedad plantó en mi cuerpo a través de sus conservacionalistas ideas; con el amarillo saliendo de mí a chorros. Entonces, todo acabó. Mi hermano enfermo, o algo parecido, Gauguin siguió con su vida, Henri se volvió loco, y alguien más loco aún, compró uno de mis cuadros.

19 may 2010

Rosa Ortodoncia

Por Fernando Azul

Ortodoncia no tenía amigos,
era una chica extraña.
Guardaba cosas en sus tres ombligos;
pizza, refresco, pastel o lasaña.

Nunca nadie hablaba con ella
porque su piel era rosa;
su cabeza tenía forma de botella
y una cara realmente graciosa.

Le gustaba bailar música disco,
electrónica, rancheras y ska,
pero como tenía un ojo bisco
con ella nadie quería bailar.

Ortodoncia disfrutaba bastante
las tardes calurosas,
y aunque no usaba desodorante
ella siempre olía a rosas.

Su corazón era enorme,
aunque no tenía a quién amar.
Todos creían que era deforme
o que en un descuido los podría devorar.

Pero Rosa era muy tierna,
y no les guardaba rencor.
Tal vez le faltaba una pierna,
pero no le faltaba color.

Por las noches hablaba con las estrellas,
y les preguntaba sobre muchas cosas,
como por qué ellas eran tan bellas
o por qué tan lentas las babosas.

Y bueno, Ortodoncia tenía tres ombligos,
y sí, le gustaba muchomucho la lasaña.
No tenía ni dos ni tres amigos
pero era feliz siendo rosa y tan extraña
.

4 may 2010

La flor más grande del mundo.

Por Fernando Azul

A Kastike, a Saramago, y a las flores.

Tutú llevaba tres días caminando por el campo. Cada vez que veía una flor, la saludaba, le ponía nombre y, lleno de alegría, seguía caminando. Hacía lo mismo con los árboles, los pájaros, y a veces, también saludaba a las nubes. Tutú era un niño muy feliz, sobretodo cuando caminaba por el campo. Sí, le gustaba caminar y caminar y caminar hasta perderse. Caminar. Entonces, sin darse cuenta, había caminado tanto que llegó al final del campo. Y justamente, donde terminaba el campo, comenzaba Marte. Tutú no se preguntó cómo llegó ahí, ni por qué comenzaba el planeta Marte, y mucho menos cómo haría para regresar a su casa. Él sólo se preguntaba una cosa. ¿Ir o no ir? Y Tutú fue.

Siguió caminando, saludando flores y árboles y aves y nubes. Siguió caminando, feliz, como siempre. Siguió caminando hasta que encontró frente a él una colina. No podía ni quería ni debía detenerse. Tutú subió la colina, y ésta colina era tan grande, que le tomó otros tres días llegar hasta la cima. Pero, por fin llegó, un poco cansado, y aún con una sonrisa en su carita de mazapan. Lo que vió le apachurró el corazón, lo llenó de tristeza, y hasta hizo que el cielo se pusiera un poco gris. Ahí estaba la flor más bella del mundo... lamentablemente para el mundo, estaba márchitándose, olvidada por todos. Tutú tenía un corazón tan grande, pero de veras, tan grande, que no pudo hacer otra cosa, sino ayudar a la bonita flor. El río más cercano estaba muy lejos de ahí, realmente lejos de ahí, pero eso no importaba, y él corrió y corrió y corrió. A toda velocidad, atravesó mil mares, subió mil montañas, brincó mil planetas... Recorrió el Universo entero, todo por la dulce flor que cerca estaba de secarse para siempre.

Finalmente llegó a la orilla del río, y en sus manos cargó toda el agua que pudo, y corrió aún más rápido para llegar con la flor lo más pronto posible. Cuando Tutú llegó con la flor, en sus manos sólo quedaban tres gotas. Como si fuera todo un lago, la flor, cada vez más débil, bebió las gotas que le llevó aquel niño soñador, y con esas gotas comenzó a sentirse mejor, pero no eran suficientes... trescientos años de olvido no se van con tres gotitas. Tutú volvió a atravesar el universo, corriendo una y otra vez sobre montañas y planetas, hasta que la flor quedó contenta y sin sed. Y creció. La flor creció hasta alcanzar a las nubes, y hasta cosquillas les hizo con sus pétalos y sus hojas. Tutú estaba tan feliz de ver una flor tan grande y tan hermosa, que de sus ojos salieron unas cuantas lágrimas. Pero también estaba cansado por tanto correr, y a la sombra de la flor, que era muy grande (la sombra...y también la flor...) durmió un poco. Los padres de Tutú no podían encontrarlo. Llevaban toda una semana sin verlo, y con vecinos y familiares y algunos cuantos amigos de otros mundos, salieron a buscarlo. Fueron a Júpiter y a Saturno y a Japón y a Xochimilco, pero nada. Hasta que vieron una flor ENORME al otro lado del campo. Subieron la colina y vieron a Tutú, muy tranquilo, durmiendo a la sombra de la flor. Lo llevaron de regreso a su aldea, y ahora todos lo veían con mucho respeto, pues gracias a aquel chamaco alegre de buen corazón, la flor más bella y más grande de todo el mundo vivió otra vez, por un millón y medio de años, y nunca nadie volvió a olvidarse de ella.

22 abr 2010

Opus 37.B Sección (*)

Por Fernando Azul


Las piedras de los Mayas;
los labios de las putas de Schiele.

En el Templo de Quetzalcóatl,
los ojos y las bocas de los atlantes.
En un estudio en Viena,
los pezones y las uñas de las modelos.

Las mil bocas de la Madre Tierra;
los anillos y pendientes de la amante olvidada.

En los muros de Bonampak,
los dioses que nos llaman con su boca cerrada.
En los autorretratos en Klosterneuburg,
los ojos de un jovén medio muerto.

Las rocas, la sífilis, las bocas; todas desnudas.

Las bocas obscenas. Las piedras preciosas.
Los labios de Schiele. Las rocas de Ometéotl.

En una exposición en Londres,
la mirada de Oskar ante lo eterno.
En mi piel y en mis alas,
los cuatrocientos besos de Coatlicue.

15 abr 2010

A la puta que se llevó mis poemas.

Por Fernando Azul

10 am

Hija de la chingada. Te llevaste todos mis poemas. No me dejaste nada. ¿Para qué matarme si puedes dejarme agonizando? El alcohol y el sexo ya me habían convertido en una gran mierda que llora, y como ya sabías dónde guardo mis libros, te pusiste a trabajar mientras yo sólo pensaba en morir. Te llevaste a Plath, a Bukowski, a Pound, a Perdo Juan; a todos. Y pendeja no fuiste. Los míos hasta los acomodaste.

3 pm

Se me ha quitado el dolor de cabeza provocado por el alcohol y el dolor de pelotas que me provocó tu existencia. Te llevaste todos mis libros de poesía. Y, mira, mis pantalones aún se caen.


7 pm

¿Por qué te llevaste los poemas? Mejor hubieras huido con los libros de pintura o mi mejor replica de las bailarinas de Degas. Hasta la botella de tequila que traje de México, o mis dos brazos. Te hubieras llevado cualquier otra cosa. Pero dejarme vivo ¿y sin poesía? Eso es simplemente inhumano.

11 pm

¡No jodas! ¡Brad y Jennifer siguen viéndose a escondidas!

8 abr 2010

Nekrocidio Espiritual.

Por Fernando Azul

Su devoción

fue lo que lo alejó

de todos nosotros.

El vive a oscuras. No necesita la luz. ¿Para qué? No es como si tuviera que andar a tientas. Lo tiene a él.

La última vez que lo vi, estaba tirado, junto a un espejo roto, devorando con fervor todos los focos que pudo encontrar en su departamento. Cuando terminó, escupió verdad. En ese momento supe que lo había perdido. Lo mejor era salir de ahí sin despedirme, y seguir adelante. Cuando un hombre llega a encontrar la verdad, es porque ha perdido todo lo demás. Y no vale la pena vivir así.

Ahora gatea, anda a rastras; se escurre sin remedio y la alfombra de su habitación lo aprisiona sin que se de cuenta. En lo más profundo de su olvidado ser, él sabe que no tiene perdón. Por eso anda por ahí, con clavos enterrados en sus codos y sus muñecas y sus rodillas y sus tobillos; callando todas las bocas de su cuerpo.

El olor del incienso ha comenzado a nublar sus pensamientos. Incluso el recuerdo de las veladoras encandilan su tercer ojo. El único que le queda. De sus cuencas escurre un ácido verde y amargo; el sudor de sus ausentes pestañas. Hay quien llamaría a eso un milagro. Pero él sabe que es sólo dolor divino.

Ha dejado de alimentar su cuerpo, por eso su espíritu muere de hambre. Y junto a su espíritu, está su fe carcomida, y todo él muere también. Todo muere menos su devoción. El continua exprimiendo las heridas que escupen en la cara de su erróneo dogma. El sigue clavándose las uñas y tragándose la pus. Sigue a rastras; él sigue ahí. Porque él es devoto. Porque el cree. Pero creer también es dudar.

2 abr 2010

Me iré.


Por Fernando Azul

"El viento,
a diferencia de nosotros,
se queda aquí."

Me iré
a la chingada de aquí,
no porque ya no
soporte esto,
si no
porque
la poesía ya no me soporta.