
Por Fernando Azul
30 de Marzo
Me corté la oreja. No sé por qué. Estaba todo muy tranquilo, conversaba en la mesa con Paul. Comíamos un poco de pan, bebiamos un poco de vino. Pudimos comprar el pan y el vino gracias al dinero que mandó mi hermano en su última carta, y también con el dinero que se ganó Paul al vender uno de sus cuadros. Bueno, estábamos discutiendo sobre la obra más reciente de Henri, cuando, de repente, todo comenzó a dar vueltas; la cara de mi amigo se tornó pura carne, el pan era como una masa amorfa que sólo estaba ahí, yaciente, inerte, y el vino, sangre coagulada. Tomé el cuchillo, y como si mi oreja fuera el pan que antes comía, la corté de un sólo tajo. Cayó al suelo con un ruido sordo y algo húmedo. De repente todo se tornó amarillo. Mi cara y mis manos manchadas de pintura amarilla. Las paredes amarillas. Incluso Gauguin se veía algo amarillo. Dí un sorbo al líquido espeso que quedaba en mi vaso, y me asomé por la ventana. Esa noche habían muchas estrellas. Y brillaban, brillaban como nunca. Me detuve a mirarlas un momento. Poco a poco fueron perdiendo el brillo, y cuando se les escurrió todo el color, salí de la casa y caminé por el campo. Nunca voy al campo sin mi escopeta. Súbitamente todo comenzó a dar vueltas nuevamente; mis ojos me dolían. Me dolía todo el cuerpo. Pero era mayor el dolor de mi espíritu. Y ahí lo vi, el enemigo, el mal, la enfermedad crónica estaba dentro de mí. Me di un disparo. Sólo así podía detener la fiebre. Estuve tirado en el campo por tres días, viendo a las estrellas ir y venir, oyendo a los pájaros, sintiendo cómo el cáncer que la sociedad plantó en mi cuerpo a través de sus conservacionalistas ideas; con el amarillo saliendo de mí a chorros. Entonces, todo acabó. Mi hermano enfermo, o algo parecido, Gauguin siguió con su vida, Henri se volvió loco, y alguien más loco aún, compró uno de mis cuadros.