
Por AJ
El portazo anunció su llegada.
Tras ocho años de amistad, Rodolfo conocía bien el sonido que producía Tania al azotar las puertas. Dejó sus ecuaciones a un lado para saludar a la visitante, después de tres días sin saber de ella.
-¿Qué pasó? –inquirió ante las ojeras y el aire melancólico de la chica.
-Lo mismo de siempre. Mañana voy por mi ropa a su casa.
Tania suspiró y se tendió en el sillón de cuero ajado. Era un hábito terriblemente querido para ella; tenderse en el sillón era entregarle el alma a su mejor amigo. Prendió un cigarro mientras Rodolfo iba a la cocina. Cuando éste volvió, el cuarto apestaba a desencanto.
-¿Qué pasa conmigo, Rodo? ¿Qué hice mal? Ni siquiera dio explicaciones, sólo me echó.
Sabía que las palabras no la sanarían. Le ofreció un vaso de whisky y un abrazo.
Luego, en la penumbra:
-Parece como si forzara a los hombres a quererme. Y ellos luchan por apartarse de mí. No entiendo, él me buscó esta vez, creí que sería perfecto…
-¿Quieres llorar?
-No, tanto así no. La herida es tan profunda como el hombre; llorar no sirve de nada.
Ella tenía razón. No había que llorar, había que solucionarlo.
Gabriel disfrutó de un sueño excepcionalmente bueno esa mañana. Por primera vez en mucho tiempo, se levantó sin ayuda de la alarma. Se desperezó lentamente y sufrió un sobresalto al mirar por la ventana: el sol brillaba con toda intensidad. ¿Por qué no había escuchado el despertador? ¿Qué hora era?
Buscó frenéticamente su reloj de pulsera y su celular. Habían desaparecido del buró. “Quizá los dejé en la maleta”. Pero la maleta no estaba en su recámara. Corrió a la sala. La encontró sobre un sillón, pero sólo contenía cuadernos y carpetas. Revolvió los cajones del escritorio, los estantes, incluso las alacenas.
Nada. Entonces recordó el gran reloj de pared de la sala de estar. Un gran círculo de polvo ocupaba su lugar.
La sangre se helaba en su cuerpo. Como menos se ganaría una reprimenda de su jefe por faltar a la importantísima reunión de las ocho. Y bueno, los relojes no importaban tanto, pero… el celular. Toda su vida atrapada en aquel diminuto rectángulo de plástico. Su carísimo celular. ¡Estaba completamente seguro de haberlo dejado en su habitación al regresar del trabajo!
Salió a examinar su auto, sin resultados. Odió al perpetrador de aquel hurto, a la vez que se sintió intrigado. ¿Por qué solamente los relojes? ¿Qué estaba tratando de decirle?
Volvió a la casa, derrotado. Un momento difuso se coló en su memoria al tiempo que desayunaba.
El tiempo es oro.
-Cada minuto que paso esperándote, es vida que me robas. ¿Entiendes?
Estaba regañando a su ex novia por la enésima vez que llegaba tarde a una cita.
-Huy, pues si el tiempo que he perdido con hombres es vida robada, yo ya sería alimento de gusanos –se burló la muchacha.
Apenas recordaba de ella algo más que sus ocurrencias, su impuntualidad y su cáustico sentido del humor. Apenas más que aquellas divagaciones sobre el tiempo. La había llamado para que recogiera sus cosas el día anterior, pero no la vio. Había olvidado su cara.
Un chispazo de tensa emoción aguijoneó su estómago. Aún en pijama, acudió de nuevo al exterior de la casa.
No buscaste en la basura. Haces mal, podrías sorprenderte.
Quitó la tapa con delicadeza. Vacío, excepto por una nota:
Eso te pasa por robarte mi tiempo. Gracias de todas formas. Tania.