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15 abr 2010

Raptor de almas. (Homenaje a la muerte)

Por Le Marthelle

Acción de hurtar es lo que define-
Al camino subterráneo de donde extraigo la esencia-
En tomar con ánimo de lucro las cosas prohibidas-
Ajenas contra la voluntad de su dueño se me presentan-
Sin que quite del cuerpo su alma febril-
Para sorprender al ser en el momento mismo-
Donde mi acto se convierte en lo quisiera ocultar-
Y al no estar orgulloso de robar-
Es el tiempo que necesito para poder respirar.

Además de la luz de la noche que me acobija-
Es la única que oscurece el deseo-
Cuando entro al cuarto, mi victima no se queja-
Sabe que es mi trabajo-
Quitar la última palabra, despojar del último aliento-
Cubierto con los sueños del dolor-
Al pasar por el tiempo que es infinito-
Y me temen por que quito a mi gusto-
Despejo de la luz a los que están perdidos.

Y aprovecho para saquear mentes pues son mi camino-
A la soledad que es la fuente que arrebata mi ser-
Siendo el raptor de las almas perdidas-
Maestro absoluto de la oscuridad al nacer-
Y dejando a mi paso-
Término siendo aquel espectro negro-
Que llega al hombre cuando su tiempo se ha terminado-
Y extirpo de su cuerpo la vida, su ardiente lamento-
Su corazón en sombras que he consumado.

A la puta que se llevó mis poemas.

Por Fernando Azul

10 am

Hija de la chingada. Te llevaste todos mis poemas. No me dejaste nada. ¿Para qué matarme si puedes dejarme agonizando? El alcohol y el sexo ya me habían convertido en una gran mierda que llora, y como ya sabías dónde guardo mis libros, te pusiste a trabajar mientras yo sólo pensaba en morir. Te llevaste a Plath, a Bukowski, a Pound, a Perdo Juan; a todos. Y pendeja no fuiste. Los míos hasta los acomodaste.

3 pm

Se me ha quitado el dolor de cabeza provocado por el alcohol y el dolor de pelotas que me provocó tu existencia. Te llevaste todos mis libros de poesía. Y, mira, mis pantalones aún se caen.


7 pm

¿Por qué te llevaste los poemas? Mejor hubieras huido con los libros de pintura o mi mejor replica de las bailarinas de Degas. Hasta la botella de tequila que traje de México, o mis dos brazos. Te hubieras llevado cualquier otra cosa. Pero dejarme vivo ¿y sin poesía? Eso es simplemente inhumano.

11 pm

¡No jodas! ¡Brad y Jennifer siguen viéndose a escondidas!

Ra-piña.

Por Cristina Ramírez


Una mexicana despierta.

Mete los dedos de los pies en sus pantuflas rosadas. Después los talones, al final ajusta el resorte en sus tobillos.

Enseguida se talla los ojos, a tientas enciende la televisión. Se sienta en la esquina de la cama y escucha:

“Para bajar de peso y medidas no hay secretos, hay que cuidar la alimentación.”

Le echa un vistazo a la pantalla, endereza la espalda y con temor se aprieta el abdomen… hay por lo menos dos llantas que necesitan desaparecer, de un grosor impresionante.

La ansiedad se apodera de ella… se coloca frente al espejo y las llantas caen sobre sus caderas.
Vuelve a tomar asiento y se sumerge en un tremendo letargo. Su cartera apenas guarda un par de identificaciones, y los ahorros se acabaron en el mágico gel reductivo que en vez de ayudar, le causó alergia. ¿Correr? No. ¿Abdominales? Menos. Las opciones sí adelgazan… ella sigue obesa.

Aún es temprano y no se le ocurre nada…

En fin… Dios proveerá.

Se quita la pijama, comienza a quitar las almohadas de la cama y se peina la melena cuando Dios provee:

“Vuelca camión con piñas en Eje 8, los vecinos acuden al lugar del accidente con la intención de robar la mercancía”.

Despojos.

Por AJ

El portazo anunció su llegada.

Tras ocho años de amistad, Rodolfo conocía bien el sonido que producía Tania al azotar las puertas. Dejó sus ecuaciones a un lado para saludar a la visitante, después de tres días sin saber de ella.

-¿Qué pasó? –inquirió ante las ojeras y el aire melancólico de la chica.

-Lo mismo de siempre. Mañana voy por mi ropa a su casa.

Tania suspiró y se tendió en el sillón de cuero ajado. Era un hábito terriblemente querido para ella; tenderse en el sillón era entregarle el alma a su mejor amigo. Prendió un cigarro mientras Rodolfo iba a la cocina. Cuando éste volvió, el cuarto apestaba a desencanto.

-¿Qué pasa conmigo, Rodo? ¿Qué hice mal? Ni siquiera dio explicaciones, sólo me echó.

Sabía que las palabras no la sanarían. Le ofreció un vaso de whisky y un abrazo.

Luego, en la penumbra:

-Parece como si forzara a los hombres a quererme. Y ellos luchan por apartarse de mí. No entiendo, él me buscó esta vez, creí que sería perfecto…

-¿Quieres llorar?

-No, tanto así no. La herida es tan profunda como el hombre; llorar no sirve de nada.

Ella tenía razón. No había que llorar, había que solucionarlo.

Gabriel disfrutó de un sueño excepcionalmente bueno esa mañana. Por primera vez en mucho tiempo, se levantó sin ayuda de la alarma. Se desperezó lentamente y sufrió un sobresalto al mirar por la ventana: el sol brillaba con toda intensidad. ¿Por qué no había escuchado el despertador? ¿Qué hora era?

Buscó frenéticamente su reloj de pulsera y su celular. Habían desaparecido del buró. “Quizá los dejé en la maleta”. Pero la maleta no estaba en su recámara. Corrió a la sala. La encontró sobre un sillón, pero sólo contenía cuadernos y carpetas. Revolvió los cajones del escritorio, los estantes, incluso las alacenas.

Nada. Entonces recordó el gran reloj de pared de la sala de estar. Un gran círculo de polvo ocupaba su lugar.

La sangre se helaba en su cuerpo. Como menos se ganaría una reprimenda de su jefe por faltar a la importantísima reunión de las ocho. Y bueno, los relojes no importaban tanto, pero… el celular. Toda su vida atrapada en aquel diminuto rectángulo de plástico. Su carísimo celular. ¡Estaba completamente seguro de haberlo dejado en su habitación al regresar del trabajo!

Salió a examinar su auto, sin resultados. Odió al perpetrador de aquel hurto, a la vez que se sintió intrigado. ¿Por qué solamente los relojes? ¿Qué estaba tratando de decirle?

Volvió a la casa, derrotado. Un momento difuso se coló en su memoria al tiempo que desayunaba.

El tiempo es oro.

-Cada minuto que paso esperándote, es vida que me robas. ¿Entiendes?

Estaba regañando a su ex novia por la enésima vez que llegaba tarde a una cita.

-Huy, pues si el tiempo que he perdido con hombres es vida robada, yo ya sería alimento de gusanos –se burló la muchacha.

Apenas recordaba de ella algo más que sus ocurrencias, su impuntualidad y su cáustico sentido del humor. Apenas más que aquellas divagaciones sobre el tiempo. La había llamado para que recogiera sus cosas el día anterior, pero no la vio. Había olvidado su cara.

Un chispazo de tensa emoción aguijoneó su estómago. Aún en pijama, acudió de nuevo al exterior de la casa.

No buscaste en la basura. Haces mal, podrías sorprenderte.

Quitó la tapa con delicadeza. Vacío, excepto por una nota:

Eso te pasa por robarte mi tiempo. Gracias de todas formas. Tania.

El cuarto.

Por Orlando Argote Caminante

Y el camino se desvaneció bajo una lluvia fina y persistente, faltaban solo diez kilómetros para que Eduardo llegara al pueblo de Zamarripa de los Lagos, pero le era imposible seguir manejando bajo esas condiciones, así que termino estacionado a quince metros de la carretera. Pocos segundos después el sol murió dejando vestido de luto al cielo, un cielo sin fe.

Dos horas más tarde dejo de llover y el cielo se despejo; Eduardo se había quedado completamente dormido en el coche, allá afuera la oscuridad había engullido hasta las estrellas.

Eduardo despertó en una cama desgastada por el uso, confundido miro a su alrededor; el papel tapiz estaba rasgado, los demás muebles de la habitación estaban cubiertos de polvo, en el tocadorcito de la derecha una pistola aguardaba en silencio a ser usada, el péndulo del reloj de pared inmóvil, gotas suicidas caían desde una gotera al piso y apartado en una esquina un espejo. Al levantarse casi tropieza con una cadena, dudo un instante, pero cogió la pistola, camino con cautela hasta la puerta, su corazón en la garganta palpitaba desesperado, giró la manija de la puerta, esta se abrió rechinando de disgusto y por ella entro una oscuridad voraz.

Eduardo despertó en una cama entre sabanas ensangrentadas, lleno de miedo miro a su alrededor; el escaso papel tapiz manchado de sangre, los demás muebles de la habitación estaban repletos de ojos y dedos humanos, el péndulo del reloj en movimiento, gotas de sangre caían del techo y en el espejo del rincón la piel del rostro de un humano colgaba escurriendo sangre. La cadena seguía en su lugar, ya no dudo y cogió la pistola, corrió hasta la puerta, el corazón seguía temblando en la garganta, giró la manija de la puerta, esta crujió al abrirse y por ella entro una oscuridad voraz.

Eduardo despertó en una cama sobre sabanas ensangrentadas, al filo de la enajenación y con los ojos desorbitados miro a su alrededor; clavadas en las paredes mujeres y hombres destazados temblaban por el dolor, los muebles de la habitación bañados en sangre, el tic tac del reloj retumbando en sus oídos, ahora llovía sangre del techo y en el espejo la palabra “sigues” marcada con sangre. Se incorporo temblando, arrastrando los pies intento ir hacia la puerta, pero estaba sujeto por el grillete de la cadena que estaba incorporada a la pared, la manija de la puerta giró y la puerta se abrió. Esta vez la oscuridad no envolvió todo, un hombre sin rostro entro, en su mano izquierda empuñaba un machete; se dirigió paso a paso hacia Eduardo, este asió la pistola y apunto a su atacante que no se inmuto, acciono la pistola, pero nada ocurrió.