Mostrando entradas con la etiqueta TEMA LIBRE 2. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TEMA LIBRE 2. Mostrar todas las entradas

7 jul 2010

Juanito, mi vecino.

Por Fernando Azul

Yo tengo un vecino
que vive con amargura,
y es que el pobre chico
está hecho de basura.

Su cabeza es una col
que tiene mucho tiempo bajo el sol,
y unos tomates como ojos
que desde hace mucho no son rojos.

Sus manos son las cucharas
que hace mucho tiró mi abuelita,
y sus piernas son tan raras
como los cayos de la tía rita.

Pero lo más extraño del chamaco
es que su cuerpo sea un gran saco
lleno de viejas chucherías
e inimaginables porquerías.

6 jul 2010

Oso Caleidoscópico.

Por Petit

Soy yo sta mañana.Un simple montón de letras las q' m' konforman todos los días.En universo holográfico, y pensamientos en 3D.

Soy yo sta mañana, mañana nu tanto, ayer fui un oso.

Soy un montón de frases q' mueren en el aire, brisas de mi alma; bostezo de vida en cada parpadeo.

Soy yo sta mañana, y ahora si stoy seguro,soy yo sta mañana, y mañana seré algo mas.

Hoy amanecí sin soñar, viéndome al espejo sin dudar y m' kaen encima mis preocupaciones y el mundo se m' hace igual q' a toda la gente.

Hoy soy yo, únicamente yo.

En un mes de cambios y en un futuro sin katalejo, hoy desperté al fin siendo el dueño de mis pensamientos.

Hoy soy yo, mi aura, mi mente, mi alma, mi korazón atómiko...

"Petit Magdaleno"

ayer fui un oso, antier fui mas cosas, ayer solo fui un oso inundado de ideas de oso, komiendo komida de oso y saludando a mis amigos osos.

Ayer fui un oso, y m' sentía yo mismo, así komo en esta mañana, nu tuve mas komplikaciones q' los problemas comunes de un oso.

Era un oso q' también pensaba "sta mañana soy yo mismo, mañana seré otra cosa, ayer era una strella, preokupada por kosas de estrella si flotar o dejarme kaer y una eternidad para decidirlo".

Al fin stoy feliz de ser yo kon mi kara de oso.

Verme en el río y solo pensar en mí viendo el mundo komo los demás osos.

Mañana seré otra kosa

...............................................
Soy yo sta mañana, mañana nu tanto, ayer... ayer fui un oso.

Un suspiro.

Por Orlando Argote Caminante

Tengo un cigarrillo en el cenicero que se va consumiendo mientras escribo esto, suficientes palabras para escribir sobre la luna y su conejo hambriento de charlas que las estrellas le han negado, dos libros de poesía que no he leído y que nunca leeré, un mal hábito que nunca podre arrancar de mis labios.

Tengo un cortaúñas que sirve para sajar sueños que nunca se cumplieron, un racimo de ilusiones que se marchitan en el jarrón sin agua de la ventana de mi habitación, diecinueve años y ocho meses de escuchar los latidos de mi corazón, el cansancio de un hombre que sucumbe ante la inanición, tengo dos horas para señalar al culpable de tus desgracias sabiendo que soy el causante de ellas, una mariposa sin alas que vive con la incertidumbre de un aleteo etéreo, unas chanclas que ya no sirven, un vaso vacío de soledades que bebí por la mañana.

Tengo una pluma y un cuaderno en blanco, una hortensia en el patio trasero, un recuerdo que no olvido porque lo alimento con tu voz cada vez que tengo la oportunidad, un mar de arena a mis pies que trata de llevarse mis pasos con sus dunas de media noche, un número de teléfono al que temo marcar, un corazón fragmentado por el mal uso que le he dado, pero que sigue latente, un ojo entelarañado por todo el dolor que se ha acumulado después de tantas despedidas.

He tenido tantas cosas que con el tiempo fueron yéndose poco a poco; noviembres sin puestas de sol que helaron mis sonrisas, girasoles que nunca giraron al sol, botellas con frijoles y un poco de algodón en su interior, una maquina de escribir que se canso de empolvarse en el armario. Y ahora que me detengo a observar la lista de mis faltantes me doy cuenta de que me hace falta un suspiro que sirva de consuelo para la alegría que lleva tanto tiempo ausente en mi rostro; lastima que, lo que una vez se te ha arrebatado es algo que ya nunca volverá, la tristeza llega a mi como olas, una y otra vez.

Con luto en la mirada.

Por Cedillo

-Las campanas doblan a muerto.

-…

-¿Y si doña Eloísa...? Pobre, sus pulmones tan débiles y el sereno de anoche tan brutal...

-Créeme, a doña Eloísa le espera un final más grato que al muerto de hoy.

Amelia descuelga los ojos de la ventana y los posa en el cuerpo de su esposo. El comentario malicioso de Antonio le resulta disonante en contraste con la tranquilidad con la que éste saborea cada bocado.

-¿Quién es el muerto?

-¿De verdad no te enteras?

En la cabeza de Amelia aletean algunos nombres que, ya por un proceso deductivo o simple presentimiento, terminan por alzar el vuelo y dejar su mente en blanco. Un gesto indefinido, semejante a una sonrisa desganada, nace en el rostro del hombre.

-El señor cura, Amelia.

El esqueleto que es Antonio sigue rumiando su desayuno. Quien hubiera visto a Amelia en aquel momento abría afirmado que el asombro de sus ojos franquearía los lindes de lo sonoro.

-¿Pero él?, ¡no tenía ni dos meses!

-Eso mismo: no tenía ni dos meses y se ganó la muerte. Porque mira, una cosa es llegar al pueblo e intentar enmendar las vidas de los que visitamos las cantinas. O de los que frecuentan el juego; total, para esos son los curas. Pero hay cosas que si uno no mastica, mejor no maldecir de su sabor.

-No entiendo.

-El señor cura habló mal de las Urquidi.

Incrédula, Amelia abandona la ventana y se sienta a la mesa. Ya no son necesarias las palabras: toda ella es un signo de interrogación, tembloroso y ávido.

-Sí, anteayer, en el sermón. En casa de tú madre ni cómo te enteraras. La misa iba bien, a qué negarlo; como cualquier domingo. Hasta que el padre anunció que dejaba el pueblo. Me aventuro, tal vez, pero creo que si se hubiera guardado los motivos, el señor cura estaría instalándose ahora en la iglesia de alguno de los pueblos aledaños. ¡Qué locura la del viejo!

"Dedicó el sermón completo a prevenir -según sus palabras- a la gente. Es posible que al ver que nosotros cruzábamos miradas creyese que fuera por perplejidad o confusión. Qué iba a saber que ya entonces nos lamentábamos de él. Que la brujería esto, que los practicantes lo otro, dijo. Un manojo de estupidez, Amelia, te lo juro. Y lo mejor hubiese sido que la cosa terminara ahí: se atrevió a contar que la semana pasada, cuando regresaba a la sacristía de visitar a no sé qué enfermo en la ranchería que está tras la noria, justo en la entrada al pueblo, le impidieron el paso. Tres aves enormes, dijo el tonto, como guajolotes. Y que aún para el tipo de ave le parecieron enormes. Sonó el claxon, gritó, intentó espantarles amenazando con pasarles encima.

-No se movieron.

-Y no sólo no se movieron. Justo cuando el padre se apeó del auto para espantarlos, los guajolotes no estaban ya, y en su lugar se topó con las Urquidi; de pie, frente al auto, todas de negro, como siempre.

-¡Madre mía!

-Tú y yo sabemos que no es el primero –ni el último será-: a los que le antecedieron se les advirtió también. Por que es sólo eso, Amelia, una advertencia. Pero éste tenía la rebeldía muy aguda en la cabeza. Las Urquidi pidieron lo de siempre: espacio. Cada cual a lo suyo, padre, le dijeron. El señor cura no lo soportó. Según él aquella era la tercera advertencia y él no había doblegado su brazo. Y así, presentó su renuncia al día siguiente y partió.

-¡Dios!, no quiero imaginar lo que le hicieron.

Nuevamente aquella sonrisa desganada se apodera de Antonio.

-Lo encontró Arnulfo, ayer, ya entrada la noche. Según él, escuchó mucho ajetreo. Temeroso de que fuera alguno de sus caballos salió con azadón en mano. Reconoció el automóvil de inmediato. Las luces encendidas, las cuatro puertas abiertas de par en par, y prendas de todo tipo regadas hasta a cinco metros de distancia. Al padre lo encontró recargado en un árbol al lado del camino, quieto, con los ojos sangrantes. Dice Arnulfo que la sangre se secaba, pero que no era necesario acercarse mucho para adivinar que le habían dejado las cuencas vacías. Arnulfo regresaba a casa para avisar a la Presidencia, pero de reojo creyó ver algo dentro del carro, manchas que no definió bien. Eran plumas, según Arnulfo. Plumas negras.

Cuentos Ofensivos Vol. 1 - Dios lo ve todo.


Por Aldebarán

El sacerdote acaricio con ternura la cabeza del niño, de su bolsillo extrajo un par de caramelos, lentamente los depositó en sus manitas pegajosas y con una voz suave le dijo:
- Eres un buen niño, ve con Dios y pórtate bien –
Cuando el niño salió de la sacristía el sacerdote se levantó lentamente de su silla, y subió su cremallera. Se apresuró pues tenía que ofrecer misa en 10 minutos.
En la pared una pintura del sagrado corazón de Jesús sonreía calidamente.

Holas.


Por Fó


hola no te guardo rencor,
todo el rencor que te tenía
ya me lo gaste




vengo de venirme
sobre un sobre
que contiene
tus sonrisas
más vehementes.




es mi deber entonces
anunciar que tú entrepierna
es mi lugar favorito
en todo el universo.



asi que voy a las pestañas de una nube
a deshilar un recuerdo parabólico


para con el tejerte un poema
de todas tus sonrisas
más dementes


si quieres venir conmigo


c

u

é

l

g

a

t

e


d

e


e

s

t

a

s


l

e

t

r

a

s

.

.

.



para seguir imaginando
favor de depositar
en un recipiente con ojos
este ramo de aviones.