Por Orlando Argote CaminanteTengo un cigarrillo en el cenicero que se va consumiendo mientras escribo esto, suficientes palabras para escribir sobre la luna y su conejo hambriento de charlas que las estrellas le han negado, dos libros de poesía que no he leído y que nunca leeré, un mal hábito que nunca podre arrancar de mis labios.
Tengo un cortaúñas que sirve para sajar sueños que nunca se cumplieron, un racimo de ilusiones que se marchitan en el jarrón sin agua de la ventana de mi habitación, diecinueve años y ocho meses de escuchar los latidos de mi corazón, el cansancio de un hombre que sucumbe ante la inanición, tengo dos horas para señalar al culpable de tus desgracias sabiendo que soy el causante de ellas, una mariposa sin alas que vive con la incertidumbre de un aleteo etéreo, unas chanclas que ya no sirven, un vaso vacío de soledades que bebí por la mañana.
Tengo una pluma y un cuaderno en blanco, una hortensia en el patio trasero, un recuerdo que no olvido porque lo alimento con tu voz cada vez que tengo la oportunidad, un mar de arena a mis pies que trata de llevarse mis pasos con sus dunas de media noche, un número de teléfono al que temo marcar, un corazón fragmentado por el mal uso que le he dado, pero que sigue latente, un ojo entelarañado por todo el dolor que se ha acumulado después de tantas despedidas.
He tenido tantas cosas que con el tiempo fueron yéndose poco a poco; noviembres sin puestas de sol que helaron mis sonrisas, girasoles que nunca giraron al sol, botellas con frijoles y un poco de algodón en su interior, una maquina de escribir que se canso de empolvarse en el armario. Y ahora que me detengo a observar la lista de mis faltantes me doy cuenta de que me hace falta un suspiro que sirva de consuelo para la alegría que lleva tanto tiempo ausente en mi rostro; lastima que, lo que una vez se te ha arrebatado es algo que ya nunca volverá, la tristeza llega a mi como olas, una y otra vez.









