Mateo se dejó caer en el sillón mientras escuchaba las órdenes que la señora le daba a su madre.
Necesito las ventanas impecables para la cena de hoy, lava la vajilla, saca los manteles blancos con bordado dorado, todo debe quedar a la perfección…..- Miró a su madre asintiendo frente a la señora, se escuchó a sus espaldas la puerta abriéndose, era Sara la hija de la señora, tenía unos 16 años, tenía unos ojos enormes y verdosos, la cara llena de pecas que cubría con maquillaje, el cabello ondulado y castaño. Mateo nunca la había escuchado hablar, pero la había observado cada tarde que regresaba de la escuela, saludaba a su madre y subía las escaleras hasta su alcoba.
Él siempre se quedaba en el cuarto donde él y su madre dormían, o en el jardín; no podía andar por la casa merodeando excepto de 3 a 6 de la tarde que era cuando se ausentaban todos; incluso su madre, ella se dormía fatigada en su cuarto por la fatiga del día, y la familia de la señora no llegaba aún, nunca comían en la casa, solo desayunaban y cenaban a veces en ella.
Durante ese rato Mateo paseaba por la casa, miraba los enormes cuadros colgados de la sala, veía las esculturas y las fotografías, los tapetes, los floreros. Un día, el perro (un chihuahueño horrible con un collar de perlas) traía consigo un trozo de carne que tenía un pedazo de papel roto pegado. Mateo lo miró, seguro lo habría sacado de la basura, Mateo fue al jardín donde ponían la basura para que se la llevaran por la mañana. Abrió una bolsa con cuidado, entre restos de comida vio un espejo roto, que le devolvía receloso su imagen, lo metió a su bolsillo, removió la basura y dio con un tubito color plateado y una franja rosada, cerró la bolsa y se fue al baño. Cerró la puerta debían ser las 5 y algo, aún tenía algo de tiempo antes de volver al cuarto, se dio cuenta que el tubito de abría, y si giraba de la parte de abajo salía otro tubito rosa pero de una textura cremosa, lo paso por el dorso de su mano, y dejo una mancha rosa… ¿Era eso lo que Sara traía en los labios? Recordó una vez a la señora con uno parecido poniéndoselo en los labios, hizo lo mismo frente al espejo del baño, se sintió bien, incluso sonrió.
Lavo el espejito roto, lo seco y lo guardó.
Sonó a lo lejos una campana, debían ser las 6.00. Se fue al cuarto, su madre se iba despertando para seguir trabajando, unos 15 minutos después llego la Señora y Sara con muchas bolsas en las manos, habían ido de compras.
Se quedo toda la tarde mirándose en el espejito hasta quedarse dormido.
Al otro día, despertó tarde alrededor de las 11.00 am, era sábado y no iba a la escuela, la señora y su familia se iban temprano muy arregladas y perfumadas, y la casa quedaba sola hasta el anochecer. Ya se habían ido y su madre dormitaba en su cuarto. Mateo fue al jardín, ya no estaban las bolsas de ayer, pero había unas tres cajas de cartón, abrió una, estaban llenas de ropa y algunas viejas pertenencias de Sara, escogió lo que más le agrado, lo cambio todo a una caja y como pudo la cargo hasta el baño, cerró la puerta y examino su hallazgo, una blusa blanca de manga larga con encaje en las mangas, otro tubito pero esta vez rojo, una peineta verde con unas partes rotas, un pintauñas vacío, un alhajero blanco con mariposas pintadas roto de una esquinita, todos tenia n un olor como a flores, Mateo pensó donde los guardaría, decidió ponerlos en una caja donde guardaba chácharas, tenía caritos, monedas, canicas, ya no le parecían tan interesantes así que las tiro a la basura y acomodo sus nuevos auto obsequios.
El lunes se puso la blusa de encaje y arriba el suéter de la escuela, para que nadie en la casa lo viera. Cuando llego a la escuela se quito el suéter, la camisa de botones escolar dejaba asomarse las mangas con su fino pero ya sucio encaje cubriendo las pequeñas manos de Mateo.
Los niños de la clase empezaron a burlarse de él, Marco que era el único que le hablaba de vez en cuando en los recreos le dijo marica y le escupió en la cara.
Mateo se fue al baño, donde pasó todo el día hasta el timbre de salida. Esperó a que se desalojara la escuela, se asomó despacio y al ver que no había ya niños más que algunos maestros, se pusó el suéter y salió.
Cuando llegó a la casa saco de la caja su espejito y se miro un rato, se fue al baño y se pintó los labios con el tubito, ya no le importó lo que le habían dicho en la escuela.
Al otro día se le ocurrió llevarse los labios pintados, ya que tomarían la foto grupal, la maestra lo tomó de un brazo y lo llevó al baño.
Mateo, no puedes pintarte la boca.- Mateo sintió el papel áspero en sus labios quitándole la pintura.-
¿Porque no?
Porque eres hombre, los hombres no se pintan.
Mateo salió y entre las burlas de los demás y una risilla burlona del fotógrafo se sentó en el banquillo y espero el clic. Toda la semana Mateo lloró en el baño y cada vez entraba a menos clases. El siguiente lunes se quedó frente a la escuela, le dieron un sopapo y otro niño le golpeó en el estomago
A ver si así se te quita lo marica!!!
Risa general.
Otros niños le atestaron algunos puntapiés y puñetazos. Sonó el timbre de entrada y todos corrieron a la escuela. Todos, menos Mateo. Caminó hasta el parque, se sentó limpiándose la sangre del rostro con el suéter escolar. Mateo se asomo al bote de basura, vio un empaque de dulce que anunciaban en la tv, el nunca lo había probado, el empaque era muy colorido, lo guardo en su bolsillo.
Así cada día Mateo de 8 a 2 se iba y paseaba por la colonia, revisando la basura y recolectando objetos que la gente ya no deseaba, lleno un par de cajas de cereal con estuches de maquillaje, pintalabios, espejos pequeños, brazaletes, listones, una que otra muñeca pequeña, dos gorros, revistas rotas, y otras cosas.
Un día Mateo llego a casa, cuando entro al cuarto vio a su madre llorando.
-Mateo, quiero saber que haces, que has hecho estas 2 semanas que no has ido a la escuela.
Sus ojos enrojecidos pero con cierta pizca de cólera se clavaron en el esperando una respuesta. Mateo miro de reojo la cama, y vio todo lo que había estado recolectando.
El empaque de dulce brillaba con la luz del sol entrando por la ventana.